Sarayaku y las comunidades de la cuenca del Bobonaza intentan combatir al coronavirus con medicina ancestral

[el universo] La pandemia COVID-19 no solo llegó a los dominios de la selva de Sarayaku, también cobró su primera víctima mortal. El pasado 16 de junio murió Marco Fidel Santi Gualinga, de 81 años, padre de Marlon Santi, coordinador del Movimiento Pachakutik.

El Consejo de Gobierno del Pueblo Originario Kichwa de Sarayaku, el 18 de junio, tomó medidas para contrarrestar los efectos del coronavirus.

“Vamos a intentar matar el virus con la disciplina”, dijo Eriberto Gualinga, nativo y cineasta de Sarayaku. Se suspenden las mingas y aglomeraciones. Vamos a quedarnos 30 días en casa con la libertad de salir a la chacra por comida. No podemos pintarnos, ni tomar chicha en la misma mocawao o cuenco, explicó Eriberto.

El Consejo de Gobierno dispuso, además, delegar a dos personas de cada una de las siete comunidades para recolectar 30 plantas medicinales y hacer un centro de acopio para curar a su gente.

Cada kuraka organizó su grupo. El martes 23 de junio el grupo de Kushillu conformado por 3 botánicos ancestrales, 1 motorista, 2 estudiantes del colegio y 3 asignados para documentar la expedición con fotos y videos, abordó una canoa y navegó, cuatro horas, río abajo por el Bobonaza, luego, una hora aguas arriba por el afluente Rotuno con la misión de recolectar plantas medicinales.

Esas tierras, normalmente, son visitadas solo cuando las familias van de vacaciones.

—¿Cómo identifican las plantas medicinales?

— Uno de los botánicos ancestrales me dijo que cuando los árboles se parecen, hay que sacar un pedacito de corteza del árbol y oler, por ejemplo, el Runa Kaspi tiene una fragancia muy rica, entonces, si no puedes distinguir por las hojas, puedes hacerlo por el olor, dice Eriberto.

Para adquirir las cortezas de los árboles, cortan trozos de los lados por donde nace y se oculta el sol, hablándole al árbol como a una persona: “Yo vengo para que tú me ayudes, para que me cures, vengo a llevar la medicina, pero ayúdame” Era increíble, nos quedamos asombrados todos, relata Eriberto.

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