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El Placer del Culo: la historia real del recinto manabita que cambió de nombre pero no de memoria

El Placer, en Manabí, es un recinto marcado por la tierra, la memoria y un nombre que muchos intentaron borrar. La historia real detrás de “El Placer del Culo”

El Placer es una comunidad en Manabí antes llamada El Placer del Culo.
El Placer es una comunidad en Manabí antes llamada El Placer del Culo. EXTRA

MARIA FERNANDA ALMEIDA NAVAS

La vía que conduce hasta El Placer se abre paso entre cañaverales que cubren los cerros como lechugas gigantes. De esa misma caña nacen también las casas: paredes livianas, techos humildes, refugios levantados con lo que da la tierra. 

El recinto está rodeado por los cerros Palmitares, El Capricho y la aplanada La Zambrano. Allí vive Jofre Loor Borja, agricultor manabita que esta mañana celebra el nacimiento de 13 cerditos rosados y temblorosos. Mientras los observa, explica por qué su comunidad se llama El Placer, aunque sabe que en la carretera que lleva hasta este rincón olvidado de la provincia de Manabí los cobradores de los buses todavía anuncian el destino con el nombre antiguo, ese que nadie ha logrado borrar del todo.

El Placer del Culo, un recinto que guarda viejos recuerdos entre montañas y cascadas.
El Placer del Culo, un recinto que guarda viejos recuerdos entre montañas y cascadas.EXTRA

Para llegar a El Placer hay que salir de Portoviejo, la capital provincial, rumbo a Olmedo. En el trayecto, camionetas blancas de doble cabina esperan a los pasajeros y se detienen ante el llamado insistente de las mujeres que levantan la mano junto a la vía.

—Lléveme, que voy al Placer —dice una mujer de ojos claros, mientras acomoda a su hijo y tres cajas llenas de comida.

En la plaza principal se levanta una iglesia construida por los propios vecinos. La pequeña capilla está en reparación: vigas de cemento, palos de madera y la fe sostenida a pulso. La camioneta que conduce hasta allí avanza a saltos, como un caballo sin domar, sobre una carretera herida de baches.

—Vivo aquí desde hace cincuenta y cuatro años; a veces me he ido a otras comunidades, pero siempre regreso —dice Jofre.

Ha criado a cuatro hijos varones y a una hija mujer entre naranjales, plataneras y surcos de yuca, cuidando también a los animales de granja que forman parte de la rutina diaria. Dice que es pobre, pero que no le falta nada. Mientras habla, pela naranjas y desgrana maní, como quien enumera, sin alardes, las pequeñas riquezas que lo sostienen.

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