EL ESTADO COMO ESPECTADOR DEL HORROR
Dr. Jorge Alberto Norero González/Guayaquil
En un Estado de derecho, enfrentar a un enemigo que no tiene nada que perder —superarmado, con ingentes recursos económicos, redes de inteligencia, medios de comunicación y contactos políticos y judiciales— es, por definición, una lucha desigual.
Si a ello se suma la contaminación interna de sectores de las Fuerzas Armadas y de la Policía, vencer a un adversario de esa naturaleza no solo resulta difícil: roza lo imposible.
El escenario se agrava cuando buena parte de las muertes violentas no son producto de la acción del Estado, sino de ajustes de cuentas entre las propias estructuras del crimen organizado: disputas por territorios, control de rutas de droga, minería ilegal, contrabando de armas y precursores químicos, extorsiones (“vacunas”) o lavado de activos a través de patios de vehículos robados y negocios inmobiliarios.
Frente a ello, el llamado bloque de seguridad queda reducido, muchas veces, a un rol meramente reactivo: testigo de los asesinatos, levantador de cadáveres, recolector de huellas y vocero oficial de explicaciones repetidas hasta el cansancio —“tenían antecedentes”, “fue una pugna entre bandas”, “una lucha por el liderazgo tras una captura o extradición”—, como si la reiteración de la narrativa pudiera ocultar el fracaso estructural.
Ante esta realidad, la pregunta es inevitable: ¿qué esperanza existe de recuperar la patria, restablecer el monopolio legítimo de la fuerza, recuperar los territorios y hacer que reinen la paz, el orden y el respeto? La respuesta, si somos honestos, es desoladora: ninguna.
Persistimos en hacer lo mismo desde hace años, con los mismos actores, los mismos vicios y las mismas complicidades, esperando —por algún milagro— resultados distintos. Y no los habrá.
Porque no se derrota al crimen organizado con discursos, ni con estadísticas acomodadas, ni con estados de excepción que no tocan las estructuras de poder que lo sostienen.
Podrán venir asesores extranjeros: estadounidenses, rusos, israelíes o chinos. Pero mientras se mantengan intactos los nexos entre el bajo mundo y las élites del alto abolengo político, económico y judicial, cualquier intervención será estéril.
Sin depuración real, sin ruptura de esas alianzas perversas, el Estado seguirá observando —impávido— cómo se desangra el país.
La descomposición continuará, lenta o aceleradamente, pero de manera inexorable.
Tal vez entonces solo quede esperar una invasión extraterrestre, porque ni siquiera Estados Unidos querrá cargar con este muerto.
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