Napo: la banda criminal los Lobos recluta adolescentes kichwas
Los Lobos reclutan a adolescentes kichwas en Napo

La minería ilegal en la provincia de Napo y la ineficiencia estatal para controlarlo y para garantizar oportunidades laborales lícitas a su población fortalecen el reclutamiento de adolescentes indígenas kichwas por parte del grupo criminal Los Lobos. La mayoría son jóvenes víctimas de alcoholismo y violencia en su entorno familiar. La pobreza multidimensional alcanzó el 83,5 % en 2025 en esta provincia. Sin embargo, la Fiscalía no registra casos de reclutamiento de niñas, niños y adolescentes en Napo.
Pablo* (nombre protegido) nació en octubre del 2004, en el extinto hospital del Vicariato Apostólico de Napo Stadler Richter, un establecimiento que estuvo regentado por las madres Doroteas en la pequeña ciudad de Archidona, perteneciente al cantón Tena, la capital de la provincia.
Sus padres se dedicaban a trabajar la tierra en la parcela de sus abuelos, en la comunidad kichwa de Sindy, ubicada en la parroquia Puerto Napo. El terreno estaba a tres km de Atahualpa y a 18 km de Tena, por la vía pavimentada que lleva a la localidad de Ahuano. Las aguas de los ríos Napo y Anzu riegan toda esta tierra. A esas playas iba Pablo de vez en cuando, junto con su familia, para lavar oro con canalón artesanal.
Para lavar oro según la tradición ancestral, los lugareños construyen un cajón rectangular de madera de algo más de un metro de largo por veinticinco centímetros de ancho y similar altura. Lo ubican en la orilla del río, ligeramente inclinado, para que la gravedad haga su trabajo dentro del canalón. Se sirven de picos y palas para llenar baldes con el material pétreo y después lo depositan en la parte elevada del cajón. Mientras tanto, otros miembros de la familia vacían cubetas de agua para lavar ese material. Así separan las piedras y la arena fina queda contenida en un paño grueso ajustado en el borde inferior del canalón. Al final, el contenido del paño se deposita en una cubeta que contiene una mínima cantidad de agua. Lo pasan a la batea de madera y con sutiles movimientos circulares extraen el oro.
Depender de esta precaria actividad de supervivencia obligó a los miembros de la familia de Pablo a trasladarse constantemente a otros cantones de la provincia de Napo como Archidona, Quijos y Chaco, en busca de trabajos de limpieza de chacras y potreros. Había que conseguir más ingresos para cubrir las necesidades familiares. Pablo recuerda que acompañaba a su padre a pescar bagres en el río Napo desde los seis años. “Primero pescábamos bocachicos para usar de carnada y botar trampas en las pozas del río”, cuenta.


Pero en noviembre de 2017, cuando Pablo tenía 13 años, esa rutina se interrumpió. Durante una fiesta familiar, su tío y su cuñado −en completo estado de embriaguez− agredieron a su padre. En medio de la desigual pelea, Pablo tomó una piedra y golpeó a su tío en la cabeza. El hombre cayó pesadamente y enseguida, un charco de sangre se formó en el piso. Asustado, pensando que lo había matado, Pablo huyó de la casa. “Caminé toda la noche hasta llegar a Tena. Dormí en una banca de la terminal terrestre… quería llegar a Cotundo, donde mi abuelita”, recuerda hoy, a sus 22 años.
Sin dinero, el muchacho deambuló durante días y tuvo que hurgar en los depósitos de basura en busca de comida. Las sobras del mercado saciaban su hambre mientras estuvo en esas condiciones. Hasta que junto a dos amigos que conoció en la calle, por fin consiguió un ingreso a cambio de barrer durante las mañanas las veredas de los bares que rodean la terminal de buses.
Pasados algunos meses supo por fin que no había matado a nadie. Que no era un asesino. Así que regresó a casa. Pero Pablo ya había saboreado una engañosa sensación de libertad en las calles, de modo que a la primera oportunidad escapó nuevamente hacia Tena, donde se reencontró con sus amigos. “Con ellos empecé a fumar marihuana y a oler cemento de contacto; robábamos cacao, gallinas, tanques de gas. Pasábamos solo borrachos”, relata hoy, dando a esas experiencias cierto aire de hazañas. Su refugio para consumir y para pasar las noches era una casucha del barrio San Antonio, abandonada por un pariente de uno de sus amigos.
En 2021, a los 17 años, Pablo conoció en un bar de Tena a un líder del grupo criminal Los Lobos quien –según cuenta– hoy está preso por asesinato. “Primero nos ofreció veinte dólares por cuidar unos tanques con gasolina y después nos llevó a Shandia a cuidar unas retroexcavadoras… nos llevaba buena comida en tarrinas −rememora−, desde entonces ya empecé a trabajar… a comprar ropa”.

Shandia es una comunidad kichwa de la parroquia Talag −también del cantón Tena. Sus habitantes viven del turismo comunitario, pero enfrentan la amenaza de la minería ilegal y de la avanzada de grupos armados. Está a varios kilómetros río arriba de Yutzupino, el área minera ilegal donde el 13 de febrero de 2022 se ejecutó el operativo militar y policial Manatí, que obligó a los mineros a adentrarse en las cabeceras del río Jatunyacu, afluente del gran río Napo. Fuentes de la zona confiesan que los negocios turísticos junto a ese río corren el riesgo de desaparecer debido a la contaminación provocada por la minería y al miedo que siembran los hombres armados que vigilan las bocaminas. El operativo de hace cuatro años no contuvo la presencia criminal ni la redujo siquiera.
Hoy Pablo convive con María*, una joven de 19 años. Él forma parte de un grupo de ‘vigilantes’ motorizados que alertan a sus jefes cuando hay algún indicio de presencia policial o militar. Es lo que todos en la zona llaman un ‘campanero’. Por las noches o en sus días libres, evoca su niñez lavando oro con batea en los sitios donde durante el día los mineros ilegales explotan el mineral con dragas, a ojos de todos los habitantes de la zona. Pablo sueña con instalar dos mesas de billar en la pequeña comunidad Nueva Jerusalén, en el sector Costa Azul, a treinta minutos de Tena. No le preocupa el daño ambiental. Lo que le inquieta es el ruido que generan los rines de su vieja motocicleta, un armatoste que recibió en pago por cumplir esas ‘rondas’ de vigilancia en Shandia. (La Barra espaciadora)
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