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Opinión Intern: “Pensando el lugar, de los que no tienen lugar”- Lisandro Prieto Femenía

30 diciembre 2023

“Pensando el lugar, de los que no tienen lugar”- Lisandro Prieto Femenía

 

Una injusticia hecha al individuo

es una amenaza hecha a toda la sociedad.

Montesquieu (1689-1755)

 

 

“Las chicas que nos desdeñaron, los chicos que nos dejaron solos, los extraños que nos ignoraron, los padres que no nos entendieron, los jefes que nos rechazaron, los mentores que dudaron de nosotros, los abusadores que nos vejaron, los hermanos que se mofaron de nosotros, los amigos que nos abandonaron, los conformistas que nos excluyeron, los besos que nos fueron negados, porque ninguno de ellos «nos vio». Estaban muy ocupados mirando para otro lado, mientras yo dirigía la mirada a vosotros. Sólo a vosotros. Porque soy uno de vosotros.”

Así comienza el último capítulo de la serie “The New Pope”, secuela de “The Young Pope” (del grandioso Paolo Sorrentino), en el que un ficticio Papa Juan Pablo III (John Malkovich) brinda su primer discurso en la Plaza de San Pedro dedicando cada una de sus palabras a sus feligreses dolientes, a los cuales se les ha negado su lugar en el mundo mediante la exclusión y el desprecio naturalizado. La declaración del “Sumo Pontífice”, lamentablemente de mentiritas, es evidentemente poderosa y emotiva, puesto que sus palabras apuntan a una audiencia que durante toda su vida se ha sentido marginada, incomprendida y desatendida por su sociedad. La potencia de las palabras elegidas por el guionista de la serie y puestas en la boca de este tremendo actor pretende generar una conexión entre esa porción significativa de la población que ha sido excluida y una autoridad eclesiástica que, al parecer, también lleva en sus espaldas su propio calvario del desprecio de sus propios padres. Lo que parecen tener en común ese jefe de Estado y los simples ciudadanos, en este caso, es el dolor de querer formar parte de un mundo que nos da sistemáticamente la espalda, con el aval y anuencia de la gran mayoría que sí se sienten cómodos y adaptados a los requisitos establecidos por la moda vigente.

 

“El dolor no tiene jerarquía. El sufrimiento no es un deporte, no hay una clasificación final. Atormentados  por el acné y la timidez, por las estrías y la incomodidad, por la calvicie y la inseguridad, por la anorexia y la bulimia, por la obesidad y la diversidad, denigrados por nuestro color de piel, por nuestra orientación sexual, nuestros bolsillos vacíos, nuestros defectos físicos, nuestras discusiones con nuestros mayores, nuestras incontables lágrimas, el abismo de nuestra insignificancia, las cavernas de nuestras pérdidas, el vacío de nuestro interior, el recurrente e incurable pensamiento de acabar con todo sin lugar para reposar, sin lugar para descansar, nada a lo que pertenecer: ¡Nada! ¡Nada! ¡Nada!”

Pues sí, parece que sí es un deporte global esto de descalificar personas mediante un dañar que es común para tantos, y necesario para nadie. Vemos representada una amalgama de experiencias puramente humanas que se han vuelto insignificantes para quienes detentan el poder y para quienes, patéticamente, naturalizaron la violencia para “encajar en” un “lugar” en el que, para pertenecer, hay que pisotear, humillar, traicionar y denigrar a una cantidad incontable de personas. Si bien se enumera una diversidad de “heridas sociales” (desde el racismo, la homofobia, el xenofobia y la aversión a los que menos tienen), es preciso señalar que todos nosotros, sí, usted también querido lector, en algún momento de nuestra vida hemos enfrentado batallas personales contra la exclusión que nos han dejado cicatrices aparentemente invisibles pero profundamente explícitas y lamentables.

“Sí.  Así es cómo nos hemos sentido. Y como vosotros, lo recuerdo todo. Pero ya no importa que el mundo se haya enfrentado a nosotros, porque ahora seremos nosotros los que nos enfrentaremos al mundo. No volveremos a tolerar que se nos considere un problema, porque la realidad es que ellos son el problema y nosotros, la solución. Sí, nosotros, que hemos sido traicionados, abandonados, rechazados y malentendidos, por no decir, despreciados. «No hay lugar para vosotros aquí», fue lo que nos dijeron con su silencio. «Entonces, ¿dónde está nuestro lugar?», les imploramos con nuestro silencio. Nunca se nos dio esa respuesta.”

Quien ha sufrido, siempre recuerda: es muy difícil, casi un desafío imposible, olvidar la facticidad de la crueldad y el desdén que uno ha recibido. Las personas hacemos todo lo posible de seguir adelante, con eso a cuestas, pero la tolerancia tiene sus límites. En esta dialéctica de amos y esclavos llamada historia de la humanidad quedan pocas opciones: o se abraza el vacío, la nada como valor, la aceptación de nuestra negación, o reaccionamos, siendo conscientes que absolutamente nada ni nadie debería tener el poder de extinguirnos, apagarnos, postergarnos, acallarnos y ningunearnos. Las múltiples formas, algunas sutiles, otras vulgares, todas violentas, de eliminar la posibilidad de ocupar un lugar en una sociedad se han ido sofisticando con el paso de los siglos. Hoy no hay paredones de fusilamiento ni horcas en las plazas, existen mecanismos delicadísimos que cumplen la misma función violenta pero con formas administrativas, burocráticas e incluso mediáticas tan sutiles que a veces, lamentablemente, las víctimas del desprecio creen merecerlo.

“Pero ahora lo sabemos, sí, sabemos cuál es nuestro lugar: nuestro lugar está aquí. Nuestro lugar es la Iglesia. El cardenal Biffi lo expresó de una manera asombrosamente simple: «Somos todos miserables desastres que Dios ha unido para formar una gloriosa Iglesia». Sí, somos todos miserables desastres. Sí, somos todos iguales, y sí, somos los olvidados. Pero hasta hoy. Porque de hoy en adelante, no volveremos a ser olvidados, se los aseguro. Nos recordarán, porque somos la Iglesia.”

El precitado llamado a la memoria en el monólogo nos insta a mirar hacia adelante con valentía: la clave estaría en dejar de ser considerados rechazados y olvidados para convertirnos dignos de ser considerados inolvidables. El primer paso consistiría en no ceder ante las definiciones externas que recibimos, el ser considerados “el problema”, sino abrazar fuertemente la idea de que la solución está en nosotros en tanto que las experiencias de rechazo no tienen el poder, en absoluto, de definir nuestro valor. Parece simple, pero créanme, no lo es, justamente porque tenemos que romper que la naturalización constante de las etiquetas y limitaciones que nos imponen en todos los ámbitos de la vida en los que nos quedamos mover, específicamente en aquellos que supuestamente están para cuidarnos y querernos y no hacen otra cosa, a veces, que maltratarnos.

En segundo lugar, la metáfora señala la necesidad de renunciar a la abulia comunitaria en la que se ha instalado que nadie debe hacer nada por nadie, y que a lo sumo solamente el Estado es el encargado de asistir someramente (y lo hace, casi siempre, de manera inequitativa) contrastándolo con la idea de la posibilidad de una participación que se haga visible mediante la unión de fuerzas en la adversidad. Utiliza a la Iglesia como eje, pero podemos considerarlo una analogía a la idea de comunidad bien entendida, en la cual supo ser primordial la unidad, la solidaridad, la compasión y la aceptación mutua mediante la empatía que brota del trabajo. Sí, todos tenemos nuestras miserias y desastres, pero es mediante la común unión de los pueblos que se ha logrado tener la fortaleza suficiente para salir adelante en cada época y tribulación que se ha presentado. Esto ha sido posible porque las comunidades eran un espacio social en el cual podíamos encontrar un refugio en el que las heridas del pasado podían sanar, más allá de las superficialidades ideológicas de los panqueques de turno, los cuales vienen demostrando se totalmente incapaces de mover un meñique siquiera para cerrar las grietas y unir a aquellos que vienen siendo sistemáticamente marginados.

En última instancia, es crucial recordar que el rechazo no es el final de la historia: la narrativa tanto individual y personal como colectiva es permeable a la posibilidad de transformación, y la comunidad debe volver a ser ese espacio donde las experiencias compartidas se convierten en una fuente de fortalezas, bajo la convicción real de que nadie está de más, nadie sobra, nadie molesta y nadie merece estar tirado al lado del camino.  Nadie quiere, ni Ud. ni yo, caro lector, ser recordado por nuestras aflicciones, sino por cómo hemos enfrentado el mundo y lidiado con nuestras cicatrices, transformándolas en símbolos de resistencia y no en signos de victimización constante.

Como habrán podido apreciar, esta invitación a la empatía real que trasciende los likes de redes sociales y a la acción comunitaria resuena más allá de una ficción de plataformas de streaming que nos insta a abandonar la consideración del “sálvese quien pueda por su cuenta” (modelo que nos está devastando cada vez más, a la vista está) y proceder a la consideración de que todos somos necesarios para la solución a nuestros propios desafíos puesto que sin aceptación mutua y sin celebración de nuestra humanidad compartida, sólo nos queda la nada, la devastación que no permite redención. Arendt lo señaló exquisitamente cuando asimiló la idea de “destrucción del mundo” a través de fenómenos como la alienación, la masificación y la pérdida de la esfera pública: la verdadera destrucción acaece cuando se socava la interacción social y se limita al extremo la acción pública mediante la reducción permanente de la diversidad de opiniones y actividades en el espacio comunitario. Está claro que la uniformidad, la despolitización y la pérdida del compromiso por lo común nos lleva a un empobrecimiento de las interacciones humanas (fíjese, amigo lector, con quién puede y de qué puede hablar, le dará escalofríos) que sólo puede darse como caldo de cultivo de un mundo en el cual, para unos pocos, es extremadamente rentable que casi la totalidad de las personas adoren la apatía y la inacción constante ante injusticias que lejos de causar pavor, entretienen.

«Fagocitando el fuego del asombro» – Lisandro Prieto Femenía

«El hombre tiene que despertar al asombro».

Ludwig Wittgenstein

Analicemos primeramente el vocablo, desde su etimología, para notar qué nos revela. Bien sabemos que “asombro” proviene del latín “amiratio”, entendido como admiración en cuanto que “ad” se refiere a la dirección hacia la que se dirige la “miratio”, mirada u observación. En esta acepción, se trataría de la mirada que se dirige hacia lo que causa perplejidad. Pero como podemos notar, no es suficiente para comprender la importancia del concepto, en tanto que el prefijo “ab-a” se refiere a la acción de “sacar de”, acompañada del “sub” (lo que está debajo) de las sombras (“umbra”). Asombrarse entonces es ser capaces de dirigir la mirada hacia aquello que subyace en la oscuridad mediante la exposición de alguna cualidad que se ignoraba o pasaba desapercibida.

En filosofía el asombro ocupa un lugar central, puesto que se trata de una actitud fundamental que habilita la reflexión y la búsqueda de la verdad mediante el conocimiento racional. Conjuntamente con la etimología previamente descrita, en filosofía se suele asociar al asombro con metáforas de un despertar de nuestra conciencia, para intentar comprender el mundo que nos rodea y nuestra existencia.

En el caso de Platón, específicamente en su diálogo “Teeteto” consideró al “thaumazein” (asombrase, admirarse, maravillarse)  como puntapié inicial del filosofar: cuando nos asombramos ante el mundo y sus fenómenos, comenzamos a cuestionar y a buscar explicaciones. Visto así, el asombro es representado como el deseo de conocer y comprender más allá de las apariencias sensibles y superficiales.

 Por su parte, Aristóteles iba a sostener algo similar, pero haciendo énfasis puntualmente en el aspecto que propicia el asombro: la incomprensión propia que se da cuando no entendemos lo que estamos observando. En su Metafísica, primer libro, capítulo 2 nos indicó que el asombro es un estado previo al filosofar, en tanto que surge a partir de la percepción de algún objeto o evento digno de ser cuestionado. Como podemos apreciar, el rol que ocupa la percepción en el proceso de reflexión es fundamental: la “perceptio” no se limita al acto de observar algo en concreto de manera sensible, sino que implica también el enfoque que nos permite capturar algo a través de una mirada direccionada por la intriga propia del pensamiento.

También Kant argumentó sobre el asombro como reacción natural del sujeto cuando se topa ante lo desconocido o aquello cuya vastedad y complejidad requiera digna atención: sin duda lo considera un estado mental que nos induce a preguntar y buscar comprensión de aquello que percibimos. Ahora bien, es importante tener en cuenta que si bien es un comienzo, el conocimiento apropiado sólo es posible mediante la razón y la crítica de nuestras percepciones: el asombro sólo es un chispazo que requiere de un proceso sistemático de análisis y reflexión posterior para lograr un conocimiento digno. No alcanza con esa reacción inicial, siempre será necesario aplicar los principios de la razón sobre nuestras experiencias sensoriales para poner en funcionamiento la construcción de todo conocimiento.

Posteriormente Kierkegaard relacionará el asombro a la experiencia de la angustia existencial en cuanto que el asombro habilita la posibilidad de enfrentarnos la noción de libertar y responsabilidad personal: nos asombramos ante la capacidad de elección de decisiones en la vida, lo que implicaría necesariamente tomar una posición moral ante la conciencia de la inescapable finitud. En otras palabras, cuando Kierkegaard sostiene que la angustia es el vértigo de la libertad, nos está indicando que dicho “vértigo” es un tipo de asombro producido como respuesta emocional ante la conciencia de libertad para poder decidir.

Heidegger consideró que el asombro (“erstaunen”) es una experiencia fundamental que nos conecta con una comprensión más profunda de nuestro ser y del mundo en el que hemos sido arrojados. Evidentemente, se trata de una exploración de la existencia humana y de una búsqueda de comprensión del ser-ahí. Desde su punto de vista, el asombró se produciría solamente cuando reflexionamos sobre nuestra existencia, al darnos cuenta de su extrañeza y perplejidad fruto del hecho de tener que vivir, sabiendo que vamos a morir: este asombro nos llevaría a cuestionar todas nuestras presuposiciones y creencias sobre aquello que solemos dar por sentado en la cotidianidad. Sólo mediante el asombro podemos romper con la inautenticidad propia de una rutina fatigosa para dar inicio al pensar. Está claro que, según el alemán, sin asombro no hay chance alguna de autenticidad existencial, justamente porque es ese estado mental el que habilita el camino hacia una comprensión del lugar que ocupamos en el mundo: la clave aquí es no perderlo, mantener prendida la llama del asombro que posibilita el pensar.

Ahora bien, si tuviésemos que buscar la imagen perfecta que caracterice al asombro en su totalidad, debemos acudir a los niños pequeños y su relación con el “mundo nuevo” que los rodea: inmediatamente se manifiesta la característica curiosidad innata que poseen y su deseo permanente de experimentar y descubrir más y más. Nuestros infantes son realmente fantásticos para hacer preguntas complejas y difíciles de responder, puesto que su afán de conocimiento aún no ha sido socavado por las formalidades propias de un sistema educativo alienante, normalizante y estandarizado. Los chicos son los portadores del asombro filosófico por excelencia, justamente porque no portan el temor a dudar que se les inculque paulatinamente a lo largo de su desarrollo de crecimiento físico e intelectual.

Sobre la importancia de mantener una actitud cognitiva abierta al mundo, el astrónomo, astrofísico, cosmólogo, astrobiólogo, escritor (y muchas cosas más), Carl Sagan (1934-1996) sostuvo que los niños pequeños tienen una capacidad enorme y notable para aprender ya que siempre están entusiasmados o “intelectualmente con los ojos abiertos”, haciendo preguntas extremadamente inteligentes sobre el mundo. Ese “entusiasmo”, que como dijimos antes, aún no ha sido masacrado por una crianza que atenta contra el pensamiento crítico, lejos de ser castigado y reprimido por el tabú que produce la verdadera libertad de un ser humano que se digna a pensar por su cuenta, en teoría debiera ser conducido, propiciado, educado y promovido (sin confundirlo, obviamente, con incentivos de pedagogías supuestamente propiciadoras de métodos “innovadores”, que lo único que logran es evitar el razonamiento profundo para quedarse en la estética de las formas, y nunca en la comprensión del contenido).

Para dar cuenta de ello, Sagan nos dará un ejemplo bastante sencillo: cuando un infante interroga “¿por qué el pasto el verde?”, o “¿por qué el cielo es azul?”, generalmente sus padres, tutores, docentes o cualquier adulto a cargo de su cuidado respondería vulgarmente con un “no hagas preguntas tontas”, “¿a quién le importa eso?”, “eso no es importante”, etc. Evidentemente, se naturaliza la desatención intelectual del niño al responder salvajemente de esa manera, puesto que no existen preguntas estúpidas, y mucho menos las que provienen de los niños, puesto que en ellos no existe el deseo de querer parecer cultos, sino que realmente desean saber las causas de las cosas y sus consecuencias últimas. Qué distinto sería si, en vez de aniquilar el espacio de la reflexión que habilitan los chicos, podamos incentivarlos a seguir cuestionando, buscando respuestas permanentemente mediante el razonamiento, la argumentación y la experimentación, a los fines prácticos de evitar que nuestros hijos lleguen a la conclusión de que usar la mente es algo malo o perjudicial.

Hume quiso darnos esperanza, en su espíritu moderno de confianza plena en el progreso de la razón, al sostener que tenemos cierta propensión «habitual» hacia lo maravilloso, y aunque dicha propensión pueda ser frenada «por el saber y el sentido común», confiaba en que no puede extirparse de manera definitiva de nuestra naturaleza. Pues, lo siento David, si bien es cierto que no se puede eliminar, puede atenuarse a niveles asquerosamente violentos y direccionarse hacia lugares bastante oscuros.

 

No es casual que veamos a nuestros adolescentes con una actitud totalmente apática y abúlica respecto al conocimiento: los hemos engañado rotundamente en un proceso inicial, en el cual les enseñamos a caminar y hablar, luego los incentivamos a dialogar para terminar callándolos y mandándolos a sentarse cuando nos resulta “molesta” su intervención. ¿Suena perverso no? Pues bien, a eso nos hemos dedicado por siglos, para que nuestros jóvenes eviten ser seres pensantes libres y opten por ser clientes fidedignos del culto al consumo que jamás se preguntará siquiera una vez un simple “¿por qué?”. Vemos a diario cómo ese fuego se va extinguiendo, generando seres humanos deshumanizados, antipáticos, patéticamente vulgares y extremadamente crueles (nuestros actuales y futuros gobernantes gozan de todas esas características). Así estamos…

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