Una vida segada en 2 minutos sin respuesta

Una vida segada en 2 minutos sin respuesta
Una reconstrucción del día en que Henry Quezada fue asesinado, durante el paro nacional, revela que el disparo que lo mató se disparó entre las 4:08 y las 4:10 de la tarde del 23 de junio de 2022. La versión del entonces ministro del Interior sobre la distancia a la que se hizo no resiste el análisis de expertos.

La mañana del día en que lo iban a matar, Henry Quezada le pidió a Victoria Espinoza, su madre, que le guardara seco de pollo, uno de sus platos favoritos, para cuando regresara por la tarde. Era el 23 de junio de 2022. Henry Quezada se levantó a las siete de la mañana. Era jueves de Inti Raymi, día de solsticio, una celebración mayor de los pueblos indígenas que elevan su gratitud al Inti, el dios Sol. En su honor, ese día tiene lugar la más grande Raymi —la fiesta por la vida, la cosecha y la naturaleza.

Aquel jueves era, también, el undécimo día de paro nacional, el más largo del siglo XXI y el segundo en menos de tres años. Fue convocado y liderado por la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador (Conaie), que planteaba 10 exigencias que, decía la organización, el gobierno de Guillermo Lasso no había atendido. La principal, el congelamiento de precios de los combustibles.

Casi 10 horas después de despertar por última vez, Henry Quezada moriría tras ser abatido por el disparo de 99 perdigones. Al día siguiente, el entonces ministro del Interior, Patricio Carrillo, aseguró, en una corta rueda de prensa que a Henry Quezada le habían disparado a corta distancia: de entre cinco y ocho metros. La cercanía entre el agresor y Henry “comprobó”, según él, que los manifestantes —que habrían estado armados con escopetas— hirieron de muerte a Henry Quezada.

Pero un análisis forense de la Fiscalía hecho al cadáver de Henry Quezada y una reconstrucción de los hechos lograda con verificación de imágenes, medición del lugar, consulta a un perito, y al menos diez testimonios de familiares —especialistas, testigos y un sobreviviente de impacto de perdigones— contradicen aquella versión oficial.

Henry Quezada era un hombre mestizo que desde niño admiraba la cultura andina y se sentía cercano a la herencia de los pueblos indígenas. Por eso quería ir al Inti Raymi de resistencia, un concierto gratuito en la Universidad Central, convertida en refugio para miles de personas que marcharon a Quito durante el paro.

Tenía 39 años y unas pocas canas en su melena negra, brillante, lacia y tan larga que llegaba a cubrirle el pecho. Vivía en San Bartolo, un populoso y tradicional barrio del sur de la ciudad, con su madre y su hermana mayor, Jeanneth.

Su padre Ernesto falleció en 1996, tres años antes del feriado bancario que en Ecuador congeló sueños, levantó movilizaciones y expulsó a millones de ecuatorianos del país. Entre ellos, los hermanos Jeanneth y Henry Quezada. “Primero me fui yo” dice ella, delgada, de cabello castaño claro y mirada imponente. “Pero Henry pensó que yendo, podríamos tener más para compartirlo con mi mamá”, dice con su voz grave. Ella se fue ese año a Londres. Él la alcanzó en la cosmopolita capital británica en 2002. Allá, se enamoró. Tuvo su primera hija, Melanie. Estuvo once años fuera del Ecuador.

A las nueve de la mañana del 23 de junio de 2022, desayunó pan caliente con café con su madre. Cerca de las once, se bañó y se alistó para salir. Se puso un pantalón de camuflaje militar, un buzo gris delgado y, sobre él, una camiseta negra con un estampado que decía Montañita Beach Ecuador. Se calzó unos Adidas negros. Tomó una chompa rompevientos, fina e impermeable, y la amarró a su cintura, por si llovía.

Antes de salir de casa, habló por última vez con uno de sus clientes de la distribuidora Paesam, donde vendía repuestos de vehículos hacía cinco años. “Hablé unas tres veces con él. Transmitía una tranquilidad, que de ley comprabas”, me dijo una de sus clientas.

Luego subió las escaleras de su casa de dos pisos. Le dio un beso suave en la frente a Victoria, una costumbre que adquirió cuando niño, y que se había consolidado desde que él comenzó a unirse a las protestas estudiantiles lideradas por el Instituto Nacional Mejía, un combativo colegio público fundado en 1897, que ha sido un actor preponderante en la protesta social ecuatoriana.

—Me voy solo a dar una vuelta, no más. Regreso rápido, le prometió a su madre.

Victoria Espinoza nunca más vería vivo a su hijo.

Henry Quezada supo del Inti Raymi de la resistencia porque dos días antes, fue con unos amigos a donar frutas y alimentos a los centros de acopio donde cientos de voluntarios recibían cobijas, almohadas, ropa, agua, bicarbonato y todo aquello que necesitaran las familias y niños que dormían en la Central.

“Me preguntaba ‘¿mami, qué será de llevarles?’, mientras también hacíamos compras para la casa porque ya se nos terminaban”, recuerda Victoria Espinoza. Ahí se enteró del concierto, que se haría en la universidad pública más antigua del Ecuador. Decidió ir con dos amigos, Paúl Ramos y Roberto Terán. Creyeron que el concierto, en el que tocarían, entre otros artistas, los Humazapas, Igor Icaza, Grecia Albán, era una buena forma de conmemorar el Inti Raymi junto a las comunidades indígenas, que durante 18 días marcharon a Quito desde sus territorios.

Pasadas las 12 del día, tomaron una camioneta hacia el Puente del Guambra, en el centro norte de Quito. Caminaron menos de diez minutos y llegaron a la Central cincuenta minutos después.

Pero no encontraron a nadie en la universidad. No sabían que, minutos antes, la asamblea indígena que se instaló allí decidió que las mujeres indígenas y amazónicas liderarían una movilización hacia el Ágora de la Casa de las Culturas, un teatro de bancas de madera y aforo para 4250 personas, que ha servido como refugio de las comunidades indígenas que han llegado a Quito en varias movilizaciones. La Casa de las Culturas, incluido su ágora, estaba bajo control de la Policía que la había requisado. Las mujeres irían a exigir que les permitieran entrar.

Un grupo de mujeres indigenas se manifiesta en Quito

Miles de mujeres elevaron su grito de protesta contra el gobierno de Guillermo Lasso el 23 de junio, horas antes de que Henry Quezada fuera asesinado. Fotografía de Nicole Moscoso para GK

Mientras las mujeres marchaban hacia el ágora, abrazadas unas a otras, el ministro de Gobierno, Francisco Jiménez había anunciado el retiro de policías y militares del ágora como un “gesto de buena voluntad”. Se suponía que sería el comienzo del diálogo que pondría fin al paro. Para celebrarlo, les dijo un manifestante a los tres amigos, allá se haría el concierto.

Los tres salieron de la Central y caminaron hacia el ágora, que está a unos 20 minutos a pie.

En las calles, no había policías, ni enfrentamientos: solo rezagos de plantas y banderas tricolor que la marcha de las mujeres había dejado a su paso. Llegaron a las 2 de la tarde al ágora, que está sobre las avenidas 6 de Diciembre y Patria, a uno de los costados del parque El Arbolito, donde horas después, Henry Quezada sería asesinado.

En el ágora, no había rastros del concierto. Una decena de indígenas descansaba en las bancas. Henry Quezada y sus amigos tampoco sabían que una hora antes, Leonidas Iza, presidente de la Conaie, había anunciado que los manifestantes irían a la Asamblea Nacional a exigir que el presidente Guillermo Lasso sea destituido. Entonces, los tres salieron de la Casa de las Culturas a las 2:30 de la tarde.

Decidieron quedarse en El Arbolito para averiguar si habría concierto o no. Los tres hombres le dieron una vuelta completa al parque. “Escuchábamos detonaciones, pero eran los voladores en son como de fiesta, porque iban hacia arriba”, dice Paúl Ramos. Los ‘voladores’ son artefactos explosivos artesanales, usualmente usados como juegos pirotécnicos, pero que en el paro algunos manifestantes los disparaban hacia el cielo y también contra policías y militares como respuesta a sus bombas lacrimógenas. “Parecía que todo iba a estar tranquilo”, dice Paúl Ramos.

Caminaron unos pocos metros y comieron un cevichocho, un encurtido del grano andino chocho con cebollas, con tomates, emblema del sincretismo gastronómico de la costa y de la sierra ecuatoriana. “Después, nos íbamos a ir a la casa”, dice Pául Ramos. Pero en menos de quince minutos, otro tipo de estruendos los alarmó.

Una capa blanca llegaba a El Arbolito desde el sur.

El parque está rodeado por cuatro calles: la Tarqui, que lo ubica frente a la Contraloría General del Estado, por el sur. La avenida 6 de Diciembre, que lo une con el parque El Ejido, por el oeste. También la 12 de Octubre, el trayecto hacia el norte por el que cientos de estudiantes van a sus universidades, por el este, y la avenida La Patria, donde están las fiscalías y las paradas de buses, por el norte.

¡Booooom, boooom, boooom! tronaban las escopetas negras antidisturbios, que miden poco más de setenta centímetros y se detonan tiro a tiro, conocidas como truflay, disparadas por los policías.

A menos de 200 metros, en la Asamblea Nacional, la ilusión de un posible acuerdo se había quebrado. Los manifestantes, liderados por las mujeres indígenas, solo pudieron llegar a la entrada del palacio legislativo, en la avenida 12 de Octubre y la calle Yaguachi. Un contingente de más de 150 uniformados, entre policías y militares, detuvo su paso.

La tensión creció. El general Freddy Sarzosa avisaba por un megáfono a los miles de manifestantes que los asambleístas no sesionarían de forma presencial sino virtual: “Tanto personal policial como Fuerzas Armadas tienen la orden estricta de no reprimir”, prometía el alto mando policial y advertía: “Estamos claros, compañeros. Aquí nos vamos a mantener, firmes”.

Del otro lado, Nayra Chalán, vicepresidenta de la Confederación de los Pueblos de la Nacionalidad Kichwa (Ecuarunari) increpó a los policías: “Ustedes también son del pueblo. No queremos gases lacrimógenos. No queremos balas”, dijo Chalán y repitió que no se irían.

Las mujeres entrelazaron sus brazos y, con la fuerza de los manifestantes que tenían detrás, levantaron una ola de presión humana para intentar avanzar a la Asamblea. Los agentes, de su parte, ponían sus brazos en las espaldas de sus compañeros, con todo su peso, para evitar el colapso de su defensa.

Faltaban cinco minutos para las 3 de la tarde. Indígenas y policías estaban a centímetros. En cuestión de segundos, el humo blanco comenzó a emerger desde el piso. La niebla espesa del gas ahogaba y aturdía. Cientos —quizá miles— corrieron hacia el parque, desorientados, en zig zag, buscando un lugar seguro. En el camino, niñas caían al piso, ahogadas, con los labios agrietados y ramas de eucalipto en sus manos, con las que aliviaban los efectos del gas.

Volver a casa para los tres ya no era posible. Henry Quezada, Paúl Ramos y Roberto Terán decidieron avanzar hasta la Esfera de Movimientos Oscilantes, una escultura de ocho metros, hecha de varillas soldadas que forman dos círculos —más conocida en Quito como “la bola blanca”—, que está en el parque, sobre las avenidas Tarqui y 12 de Octubre. A unos metros, está el pabellón de las Artes, una pequeña galería, donde un grupo de paramédicos voluntarios había improvisado un centro médico durante el paro.

manifestantes durante las protestas en junio 2022

En la avenida Tarqui y 12 de octubre, decenas de manifestantes armaron una barricada con adoquines, frente a tres trucutú policiales que lanzaban bombas lacrimógenas, agua y emitían alarmas ensordecedoras. Fotografía de Vanessa Terán para GK.

Los manifestantes que volvían de la Asamblea huyendo del gas se dividieron en cuatro grupos. Unos se ubicaron a lo largo de la calle Tarqui —varios con mascarillas, otros encapuchados— y armaron una barricada de piedras en la intersección de ambas avenidas. Más de cuarenta llevaban escudos de madera, cartón y planchas de metal, se ubicaron en la vereda de la misma calle.

El segundo grupo se atrincheró frente a la Embajada de Egipto, una casona antigua de dos pisos, pintada por el terracota de los ladrillos que la cubren. El tercero, en cambio, frente a las puertas frontales del edificio de la Contraloría.

El cuarto se plantó en el parterre de la calle Tarqui y 6 de Diciembre, de cara a la esquina de la Contraloría, que la policía y el Ejército custodiaban desde la mañana, y que estaba cercada con vallas y alambres para impedir el paso de los manifestantes. Ellos derribaron las cercas jalándolas con sus brazos, pero estaban tan enredadas, que no lo lograron.

Eran las 3:45 de la tarde. Henry Quezada y amigo Roberto Terán vieron la llegada de los imponentes trucutú policiales, esos carros cisterna blindados con mangueras de alta presión y parlantes y sirenas ensordecedoras.

Paúl Ramos hizo un video. Henry Quezada señalaba con su brazo derecho a la multitud que huía hacia El Arbolito. “Miren arriba”, grita Ramos en el video, para alertarlos y que evadieran las bombas de gas. Henry Quezada rozaba su rostro con su brazo derecho, para limpiarse el sudor con el buzo gris que usaba.

Retrato de Paul Ramos

Paúl Ramos, amigo de Henry Quezada, desde hace catorce años, señala la dirección a la que corrió su amigo a las cuatro de la tarde, la última vez que lo vio. Fotografía de Diego Lucero para GK.

Estuvieron allí hasta las 4 de la tarde. “Nos dimos la vuelta y quisimos ir un poco más al centro del parque para ver qué estaba pasando en la Tarqui y 6 de Diciembre”, recuerda Paúl Ramos, señalando al edificio de la Contraloría, una tarde de agosto en la que me acompañó a recorrer el sitio donde murió su amigo.

Comenzamos a bajar la colina de la bola blanca. Debíamos recorrer casi 120 metros para llegar a la Contraloría. Pero después de caminar menos de 50 metros, frenó a raya. “Nunca pudimos llegar”, recuerda. “Pasaban manifestantes con la cabeza rota, asfixiados”, dice Ramos. “En una de esas, cayeron demasiadas bombas. Henry salió corriendo para la 6 de Diciembre”, dice Paúl Ramos, quien, junto a Roberto Terán, se resguardó en el Pabellón de las Artes. Fue una bifurcación de caminos: el pabellón está a la derecha y la 6 de Diciembre, a la izquierda.

Fue también una bifurcación de destinos: esa fue la última vez que vieron vivo a su amigo Henry Quezada.

§

Alas 4:02 de la tarde, vi a Henry Quezada. Estaba solo, frente a la Embajada de Egipto y de los edificios de la Contraloría.

El cielo quiteño del 23 de junio no auguraba lluvia: era un azul celeste despejado. Cada tanto había que cerrar los ojos por el sol que ardía en los ojos y en la piel de los manifestantes, mancillada por once días sin descanso. Sin embargo, la nube de gas lacrimógeno era tan densa que no permitía observar con claridad el interior del edificio.

El edificio nuevo de la Contraloría fue construido por el Cuerpo de Ingenieros del Ejército. En 2019, durante otro paro nacional, el edificio fue incendiado. Para entonces, aún no pasaba oficialmente a manos de la Contraloría. Y en junio de 2022, las obras de reconstrucción continuaban a cargo del mismo departamento militar, que seguía como responsable del edificio. Que el Cuerpo de Ingenieros esté a cargo aún del edificio es trascendental para saber quién le disparó a Henry Quezada.

El edificio nuevo de la Contraloría —que se empezó a construir en 2013— tiene cuatro puertas, tres pisos de parqueaderos y otros cuatro de oficinas, cubiertas por ventanales de vidrio espejo. El 23 de junio, estaba custodiado por policías y militares. Un piquete de soldados estaba en una de las puertas. Los policías, en cambio, se desplegaron en los pisos de oficinas y las terrazas. Desde los parqueaderos, oficinas y terrazas, disparaban las bombas con sus truflay. Dos helicópteros sobrevolaban la zona.

Los manifestantes estaban agachados y con sus escudos artesanales, de madera, metal y cartón. No eran más de 200 personas formando la primera línea. Detrás de ellos, había al menos cinco mil protestantes. Todos, mirando hacia arriba para esquivar las bombas. Algunos lo lograron. Otros las atrapaban con guantes de cuero viejos cuando tocaban el suelo y las depositaban en galones de agua para detener el paso del gas.

En esa primera línea estuvo Henry Quezada.

Corría entre la Embajada de Egipto y la Contraloría. Su cabellera larga, su estatura —medía 1,79 metros— y su pantalón de camuflaje militar lo hacían visible en medio de los cientos de cascos improvisados amarillos y rojos con los que los manifestantes intentaban protegerse. “Él no tenía ninguna protección, pero estaba ahí, junto a todos”, dice Óscar, un hombre de 40 años, ex alumno del Mejía, el colegio de Henry Quezada, que estuvo ese día ahí, y que pidió que su identidad se mantuviera en reserva en este reportaje.

“Vi que saludó rápido con una persona, que también era Mejía”, cuenta Óscar, quien no conocía a Henry Quezada. “Pero entre Mejías nos reconocemos ”, explica. Según él, Henry Quezada estaba molesto. “Indignado por la represión que había. Muchas bombas, ya no se aguantaba más”, recuerda. Segundos después, Henry Quezada tomó una de las piedras que los manifestantes sacaban del parque y, desde la vereda donde empieza la calle Tarqui, la lanzó hacia el nuevo edificio de la Contraloría con su brazo derecho.

Óscar fotografió el lanzamiento de la piedra. Revisé y verifiqué la metadata de la fotografía: fue tomada a las 4:05 de la tarde. La distancia entre Henry Quezada y el edificio de la Contraloría era de unos 25 metros. Después de lanzar la piedra, escapó de una bomba lacrimógena. La fotografía de Óscar se viralizó y fue compartida por miles —incluso medios de comunicación— en redes sociales. En la imagen, se ve a Henry Quezada delante de una espesa nube de gas lacrimógeno.

Oscar testigo protegido

Óscar, ex alumno del histórico colegio Mejía, estuvo en primera línea junto a Henry Quezada. Así fue el momento en el que tomó una de las últimas fotografías con vida, que se viralizó en redes sociales. Fotografía de Karol E. Noroña para GK e intervenida por Daniela Hidalgo para proteger la identidad de Óscar.

Luego, Henry Quezada corrió rápidamente hacia la izquierda, y se quedó en el primero de los cuatro carriles de la calle Tarqui, frente a la embajada egipcia. En ese momento, el famoso quiosco de Doña Martha, que estuvo 30 años afuera de la sede diplomática, fue derribado por los manifestantes que, segundos después, salieron disuadidos por el gas.

Henry Quezada caminó más de 25 metros hacia el interior de El Arbolito para escapar de los efectos de los gases lacrimógenos. Óscar, también afectado por la irritación, también corrió hacia el centro del parque.

Eran las 4:06. Henry Quezada intentaba limpiarse las lágrimas y aliviar el ardor, pasándose su brazo izquierdo por el rostro. Apoyado en un árbol, permaneció durante unos dos minutos. “Le cogió la bomba y tosía bastante. Dobló las piernas y puso sus manos en los muslos”, dice Óscar. “Ahí como que botó saliva unos minutos. Se recompuso y volvió. Yo todavía estaba afectado y me quedé en el centro del parque”, cuenta Óscar.

 

§

Alas 4:08 de la tarde, Henry Quezada se recompuso y regresó a la primera línea.

Las bombas lacrimógenas continuaban con su estruendo seco y aturdidor, cayendo sobre la calle Tarqui y El Arbolito, al menos tres por minuto. Pero de pronto, empezaron a caer sin interrupción alguna, como el redoble de un tambor represivo.

Sus detonaciones eran tan fuertes que los manifestantes solo atinaron a correr para resguardarse detrás de escudos y árboles. Tanto, que el grupo de paramédicos que estaba en el monumento de la Bola Blanca corrió para acercarse a la primera línea en la calle Tarqui. “Fue un momento de altísima violencia. Con mis compañeros dijimos: avancemos sí o sí porque ahí va a haber heridos”, recuerda el paramédico Christian Rivera.

Fue una lectura trágica y correcta. “A los pocos segundos nos gritaron: ¡Paramédico, paramédico! Llegamos hasta el filo del parque El Arbolito. Ahí estaba un grupo de manifestantes que trajo a Henry Quezada para que lo ayudemos”, recuerda Rivera.

“Mi pecho, mi pecho”, decía Henry Quezada, agotado, casi gimiendo, intentando aún respirar. Unos voluntarios lo ayudaban a caminar. Seis paramédicos del Cuerpo de Bomberos de Quito se acercaron a auxiliarlo. Se sentó por algunos segundos y se aferró a uno de los árboles del parque El Arbolito. Con su mano derecha cubierta de sangre, intentaba cubrirse el corazón, como recabando oxígeno y aliento.

“¡Tranquilo, mijo. Vos puedes. Resiste, mijo!”, le gritó un manifestante que tenía cubierto el rostro con una camiseta blanca. Le pregunté si era su familiar. “No, pero es uno de los nuestros”, me respondió el hombre, ex alumno del Mejía. “Aléjense, aléjense. Dénnos aire, ¡una camilla, por favor!”, pidió un joven que veía, horrorizado, lo que sucedía.

Eran las 4:10 de la tarde.

Durante casi cinco minutos, los paramédicos intentaron tranquilizar a Henry Quezada y despejar el espacio. Decenas de personas —unas al borde del llanto, con los ojos vidriosos de tanto gas, como presintiendo lo que en minutos ocurriría— unieron sus manos para hacer un cordón humano que les permitiera llevar a Henry Quezada al Pabellón de las Artes.

Estaban a menos de 30 metros, pero en medio de las bombas lacrimógenas que eran detonadas cada minuto, la mirada curiosa e indignada de cientos de manifestantes y los gritos, parecía un kilómetro entero

En ese momento, Henry Quezada se desvaneció. Solo alcanzó a abrir los ojos durante algunos segundos.

En el pabellón de las Artes, le practicaron reanimación cardiopulmonar y le descomprimieron el tórax, maniobras para permitir la oxigenación de los órganos durante emergencias. Pero no lo lograron.

El cielo celeste de aquel Inti Raymi que prometía paz se extinguió. En menos de diez minutos, una nube gris cubrió a Quito. Enseguida empezó a llover.

Menos de una media hora después, se confirmó su fallecimiento. (GK)

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